Las economías populares agrupan a trabajadores sin salario fijo que sostienen su ingreso en actividades como la venta ambulante, oficios por cuenta propia, pequeños talleres o negocios familiares. Ilustración elaborada por la antropóloga Maria Isabel Ospina Múñoz.En poco más de dos décadas, los préstamos conocidos como “gota a gota” o “pagadiario” pasaron de ser una práctica marginal a ocupar un lugar central en el endeudamiento de los sectores populares urbanos. Aunque su carácter clandestino dificulta la medición exacta del fenómeno, diversos estudios sobre endeudamiento informal en el país muestran que para 2010 este concentraba el 35,7%, y para 2013 esa cifra ya alcanzaba el 42,8%, una tendencia que sugiere una expansión sostenida.
El gota a gota es un préstamo de fácil acceso, sin trámites ni papeleo, con cobros diarios y tasas de interés que suelen rondar o superar el 20% en plazos cortos, generalmente de entre 15 y 30 días. El dinero llega rápido, pero el costo es alto y el incumplimiento puede derivar en amenazas, despojo o agresiones físicas.
Mi investigación “El centauro de la deuda: dinero y poder en la Medellín popular”, presentada como trabajo de grado para la Maestría en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), plantea que realizar una lectura centrada exclusivamente en la ilegalidad o en la violencia resulta insuficiente para comprender por qué el gota a gota prospera y se reproduce con tanta fuerza. Aunque existen vínculos documentados entre algunas estructuras de cobro y economías criminales, reducir el fenómeno a esa dimensión impide ver las condiciones sociales y laborales que lo hacen posible.
En la práctica, muchas relaciones de deuda gota a gota comienzan de manera consensuada, empujadas por la urgencia económica. Nadie ignora los riesgos, pero la necesidad inmediata de dinero para sostener una actividad productiva termina pesando más que el temor al endeudamiento. La violencia, cuando aparece, suele hacerlo después, en escenarios de mora, y no como punto de partida.
Dicho desplazamiento del foco permite entender el gota a gota no solo como una forma de crédito predatorio, sino como una relación social que se incrusta en la vida económica cotidiana de los sectores populares.
El análisis del gota a gota muestra que estos préstamos no solo cubren gastos familiares o emergencias, sino que además financian directamente la compra de insumos, mercancías y herramientas necesarias para trabajar.
El estudio se apoya en la noción de “economías populares”, la cual se refiere a los trabajadores sin salario y que dependen de actividades como venta ambulante, pequeños talleres, oficios por cuenta propia o negocios familiares autoorganizados. Son trabajadores carentes de protección social que viven una alta inseguridad laboral.
En estos contextos, cada día trabajado es decisivo para garantizar el sustento, y cualquier imprevisto –como una enfermedad, un accidente o una caída en las ventas– puede dejar sin ingresos a un hogar entero. El crédito se convierte entonces en una condición para poder seguir trabajando, no en una herramienta para invertir a largo plazo.
Para el trabajo de campo realicé 16 entrevistas a cobradores, deudores y líderes comunitarios, revisé 19 actas del Concejo de Medellín en las que se debatió el fenómeno entre 2014 y 2022, analicé 60 piezas periodísticas nacionales e internacionales, y recopilé material publicitario utilizado por prestamistas para captar nuevos usuarios. Toda la información se recogió bajo estrictos criterios de anonimato, debido al temor y a la estigmatización que rodean este tipo de prácticas.
El crédito incrustado en la vida cotidiana
El análisis del gota a gota muestra que estos préstamos no solo cubren gastos familiares o emergencias, sino que además financian directamente la compra de insumos, mercancías y herramientas necesarias para trabajar. El dinero prestado circula por los mismos espacios en donde se produce el ingreso: la calle, el hogar, o el puesto de trabajo popular.
Para la investigación, Juan Felipe Duque Agudelo, magíster en Estudios Políticos de la UNAL, recopiló material publicitario utilizado por prestamistas para captar nuevos usuarios. Foto: archivo particular del magíster Duque.Un debate realizado en el Concejo de Medellín en 2016 permite entender por qué muchos trabajadores de la economía popular recurren a los pagadiario y no a otras formas de crédito: el dinero llega hasta el lugar de trabajo, se entrega casi de inmediato, funciona con reglas simples y conocidas, el prestamista está siempre presente, y los pagos se ajustan al flujo diario de ingresos. Más que un contrato financiero, el gota a gota opera como una rutina de endeudamiento hecha a la medida de este tipo de trabajos, una forma de financiar desde abajo a quienes quedaron por fuera del empleo asalariado y de la banca convencional.
En las economías populares, la relación con el crédito está atravesada por una asimetría profunda, marcada por la desprotección, la ausencia de ahorros y la dependencia del ingreso diario. En ese escenario, el prestamista no solo condiciona el trabajo, sino que también ocupa un lugar ambiguo como proveedor inmediato de bienestar, aunque ese bienestar tenga un costo alto, y en muchos casos violento.
Esta adhesión entre deuda y trabajo exige un nivel de organización mayor al que suele percibirse. Lejos de ser improvisados, los sistemas de cobro del gota a gota operan con estructuras flexibles y difíciles de rastrear, reclutando trabajadores de los mismos sectores populares para recorrer barrios, supervisar pagos y sostener la operación cotidiana.
Aunque el carácter clandestino del gota a gota dificulta la medición exacta del fenómeno, diversos estudios sobre endeudamiento informal en el país muestran que para 2010 este concentraba el 35,7 %, y para 2013 esa cifra ya alcanzaba el 42,8 %, una tendencia que sugiere una expansión sostenida.
Con respecto a la organización, en ella conviven pequeños prestamistas que operan en relaciones de cercanía, estructuras de cobro de mediano alcance con mayor organización, y grandes redes vinculadas al crimen, que combinan el préstamo con otras actividades ilegales. Entre ellos existe una competencia feroz, que va desde ajustar intereses y plazos hasta disputarse territorios mediante la violencia, una dinámica que ayuda a explicar la expansión de estos esquemas hacia otros países de la región.
Reducir el gota a gota a un problema del mercado de créditos resulta insuficiente. Su persistencia revela las precarias condiciones en las que se sostiene el trabajo urbano popular, en el cual endeudarse se vuelve una forma de seguir produciendo. Más que una anomalía crediticia, el gota a gota expone las tensiones profundas de un mundo laboral que funciona sin salario, sin respaldo y con la deuda como sostén cotidiano.