Las alarmas sobre el riesgo de una guerra nuclear vuelven a sonar con fuerza en un escenario internacional marcado por nuevos conflictos.
El temor a una guerra nuclear ha resurgido con fuerza en medio de un escenario internacional cada vez más volátil, donde los conflictos regionales, las narrativas de disuasión militar y el debilitamiento de los organismos multilaterales de control alimentan un clima de incertidumbre global. La erosión de las normas internacionales en torno al uso y proliferación de armas nucleares se hace evidente en episodios recientes como la ruptura de relaciones entre Irán y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), así como en las amenazas latentes de Rusia en el marco de su guerra contra Ucrania.
En el caso de Irán, las tensiones han escalado tras la aprobación de una ley por parte del presidente Masoud Pezeshkian que suspende la cooperación con el OIEA, en respuesta a ataques atribuidos a Israel y Estados Unidos contra sus instalaciones nucleares. Esta medida, sumada a la intención del Parlamento iraní de abandonar el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), representa un desafío directo al sistema internacional de verificación y control nuclear, debilitando los mecanismos que han buscado evitar el desarrollo de armas atómicas con fines militares.
Mientras tanto, en el sur de Asia, Pakistán ha iniciado la construcción de una planta nuclear de gran escala con tecnología china, que, aunque oficialmente se enmarca en fines energéticos y de cooperación estratégica bilateral, ha despertado preocupación en potencias como Estados Unidos. Washington teme que este tipo de proyectos puedan ocultar una expansión de capacidades balísticas, especialmente tras reportes sobre el desarrollo de misiles de largo alcance que podrían extender el alcance militar pakistaní más allá de su entorno inmediato.
En paralelo, el conflicto entre Rusia y Ucrania sigue siendo un foco de tensión nuclear. El presidente Vladímir Putin ha propuesto una revisión de la doctrina rusa sobre el uso de armas nucleares, sugiriendo que un ataque desde un Estado no nuclear, pero respaldado por una potencia nuclear, podría considerarse un acto conjunto de agresión. Esta reinterpretación estratégica ha sido leída por analistas como una amenaza velada, con la que Rusia busca disuadir el apoyo militar occidental a Ucrania mientras mantiene la presión por el reconocimiento de sus anexiones y la desmilitarización del país invadido.
Estos acontecimientos recientes, ampliamente discutidos en medios internacionales y círculos académicos, han reavivado el debate sobre la posibilidad real de una escalada nuclear en Medio Oriente y otras regiones del mundo. La combinación de tensiones regionales, rupturas diplomáticas y ambigüedades estratégicas ha devuelto al centro del escenario global la amenaza de una conflagración atómica. Al respecto, el profesor Juan Gabriel Gómez, experto en temas de seguridad internacional y docente del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI), señaló:
“El riesgo de una conflagración nuclear en el Medio Oriente es alto y todos los esfuerzos que podamos hacer para prevenirla son urgentes y absolutamente necesarios (…) El uso de esas armas nucleares tiene una gama relativamente amplia: desde el uso de armas tácticas en el campo de batalla, hasta el uso de armas nucleares en gran escala, lo cual nos llevaría a un enfrentamiento que pondría en peligro no solamente la vida de la especie humana, sino la vida de muchas otras especies sobre el planeta.”.
En este contexto, también crece la preocupación por la pérdida de eficacia de los organismos multilaterales encargados de velar por la seguridad nuclear global. Entidades como el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y las Naciones Unidas han visto debilitada su capacidad de respuesta frente a la creciente desobediencia de los tratados internacionales y la firme negativa de las potencias nucleares a renunciar a sus arsenales.
Instrumentos jurídicos clave como la Resolución 1540 del Consejo de Seguridad de la ONU, que compromete a los Estados a prevenir la proliferación de armas de destrucción masiva, enfrentan serias dificultades de implementación. A ello se suman iniciativas regionales, como el Tratado de la Zona Libre de Armas Nucleares del Sudeste Asiático, que, si bien buscan frenar la expansión nuclear, han sido ignoradas por las principales potencias atómicas que se niegan a adherir a sus compromisos.
El panorama actual evidencia no solo una renovada carrera armamentista, sino también un deterioro de los marcos de verificación y cooperación internacional. Frente a ello, la comunidad internacional se ve ante el urgente desafío de revitalizar los instrumentos de no proliferación, promover mecanismos de control más sólidos y, sobre todo, recuperar el diálogo diplomático como vía principal para evitar una escalada que, de concretarse, tendría consecuencias irreversibles para la seguridad y la supervivencia global. En este contexto, es fundamental asumir que la presión no puede ser selectiva: Israel, que no forma parte del Tratado de No Proliferación y cuyo arsenal nuclear no ha sido oficialmente declarado, pero es ampliamente reconocido, debe estar igualmente sometido a exigencias claras de transparencia y desarme. Ignorar este equilibrio solo debilita la legitimidad del régimen internacional y alimenta la desconfianza entre actores clave en Medio Oriente.
“La mayor dificultad que tienen los organismos multilaterales y los países que han suscrito el Tratado es la reticencia de los países que tienen armas nucleares a renunciar a ellas. (…) Lo que tenemos que hacer alrededor de todo el mundo es seguirle poniendo presión a esos países, porque la consecuencia del uso de las armas nucleares es que no respetan ninguna frontera. Los efectos de su uso no se pueden limitar a un punto específico y necesitamos liberar a la humanidad del riesgo de su propia autodestrucción.” Afirmó el docente Juan Gabriel Gómez
Bogotá, martes 1 de julio de 2025
Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales IEPRI
Redactó: Daniela Galvez – Oficina de comunicaciones
Revisó y aprobó: Carlos Alberto Patiño – coordinador del área de comunicaciones
IEPRI.