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Inicio » Boletines de prensa » Una reunión no basta para despejar el terreno minado de la relación con Estados Unidos

Una reunión no basta para despejar el terreno minado de la relación con Estados Unidos

El encuentro entre Gustavo Petro y Donald Trump permitió bajar la tensión diplomática entre Colombia y Estados Unidos, pero no resuelve los desacuerdos de fondo. La cooperación en seguridad, la migración regional, el futuro energético y la situación de Venezuela siguen poniendo a prueba una relación bilateral marcada por la interdependencia y la desigualdad de poder.

La migración regional y la situación venezolana siguen siendo dos de los temas más sensibles en la relación entre Colombia y Estados Unidos. Foto: Luis Acosta / AFPLa migración regional y la situación venezolana siguen siendo dos de los temas más sensibles en la relación entre Colombia y Estados Unidos. Foto: Luis Acosta / AFP

El reciente encuentro entre Gustavo Petro y Donald Trump se ha interpretado como un intento logrado de normalizar los vínculos entre Colombia y Estados Unidos, luego de meses de tensiones y desencuentros personales y políticos. Esa lectura no es del todo errada; la reunión descomprime un conflicto que venía escalando, y reinstala –al menos en apariencia– la posibilidad de un trato institucional. Pero conviene no confundir el gesto con la transformación, pues este ejercicio diplomático es apenas el primer paso –y quizá el más fácil– en un terreno pantanoso y desigual que será difícil de atravesar en los meses y los años por venir.

En otras palabras, la foto abre una puerta, pero no despeja el pasillo. Lo que está en juego no es solo la cordialidad entre mandatarios sino la gestión de una interdependencia estructural atravesada por asimetrías, agendas sensibles y una política doméstica que, tanto en Washington como en Bogotá, tiende a convertir la relación bilateral en munición.

El principal rendimiento inmediato de la reunión en la Casa Blanca se dio en el plano de las percepciones, y en política internacional eso dista de ser superficial. Las percepciones moldean expectativas, condicionan decisiones y determinan cómo se interpretan las señales del otro. Cuando dos gobiernos actúan convencidos de su incompatibilidad esencial, cada gesto se vuelve sospechoso y cada diferencia se lee como amenaza; el margen para la diplomacia se estrecha y la escalada retórica empieza a funcionar como una profecía autocumplida.

A lo largo de 2025, el intercambio entre ambos presidentes se caracterizó por una andanada de descalificaciones, cuestionamientos y amenazas que desembocó en una crisis diplomática inédita en unas relaciones ya bicentenarias. Ese antagonismo no se alimentó únicamente de diferencias ideológicas y programáticas, sino también de un rasgo común: un estilo presidencial altisonante, explosivo y confrontacional que entiende la política como choque y el liderazgo como demostración. En contextos hiperpolarizados, la estrategia de convertir al antagonista en enemigo absoluto puede ser rentable hacia adentro, pero hacia afuera es un camino peligroso pues reduce los costos de escalar, vuelve más difícil rectificar sin pagar precio doméstico y erosiona la posibilidad de administrar desacuerdos sin romper puentes.

Para la agenda estadounidense actual Colombia no es un actor periférico; por razones estructurales estamos entre los países de la región que más inevitablemente aparecen en el tablero de Washington. Esa centralidad no es cómoda, pero es real, y obliga a pensar la relación bilateral como un vínculo denso, de largo plazo, atravesado por fricciones recurrentes.

Precisamente la visita de Petro a Washington buscaba frenar esa deriva. En ese sentido, las sonrisas, los elogios y la escena de cordialidad al cierre del encuentro no son solo anecdóticos, sino que además funcionan como una señal de desescalamiento. Por ahora sugieren que la percepción de mutua incompatibilidad se ha matizado y que el conflicto puede volver al terreno del trámite institucional.

Pero la cautela es obligatoria. Modificar percepciones es una condición necesaria para evitar que una disputa se vuelva incontrolable; normalizar la situación no es suficiente para “desminar” la relación. La pregunta de fondo no es si los presidentes se pueden hablar sin insultarse, sino qué ocurrirá cuando la relación choque con los intereses y prioridades estructurales de Washington en la región.

La Doctrina “Donroe”

El significado del encuentro se inscribe en un trasfondo más amplio, y sobre todo más preocupante. En su segundo mandato, el gobierno de Trump ha elevado a prioridad estratégica la reafirmación de la primacía estadounidense en América Latina frente al desafío que supone la expansión china, especialmente en el terreno económico y de infraestructura.

En ese marco se ha popularizado el rótulo de “Doctrina Donroe”, un guiño contemporáneo a la Doctrina Monroe (“América para los americanos”) pero traducido a un lenguaje de poder más directo que actualiza viejas pulsiones de control hemisférico. La pretensión es explícita: alinear a los Gobiernos de la región con los intereses de Washington, una actitud que recuerda tanto el ciclo del “garrote y la zanahoria” rooseveltiano como el intervencionismo justificado en nombre del anticomunismo durante la Guerra Fría.

Lo distintivo de esta postura no es solo su horizonte, sino su repertorio. La estrategia combina, de manera flexible, tres tipos de palancas:

  • Primero, la coerción económica representada en aranceles, amenazas comerciales y condicionalidades que convierten el acceso al mercado estadounidense en instrumento de disciplina, incluso frente a países aliados.
  • Segundo, la presión político-diplomática ejercida a través de la descalificación pública de mandatarios considerados como “díscolos”, el desconocimiento o la anulación de acuerdos, y las señales de castigo ante decisiones soberanas de terceros (incluidas, según diversas denuncias, las interferencias en dinámicas de política interna).
  • Tercero, la dimensión securitaria, en la cual el mensaje deja de ser insinuación y se vuelve acto por medio de las demostraciones de fuerza –como el cerco marítimo en el Caribe– y operaciones de alto impacto como la captura en Venezuela de Nicolás Maduro a comienzos de año.

En conjunto, se trata de una combinación de herramientas en la que el garrote abunda y la zanahoria escasea; más que una diplomacia de persuasión, es un esquema de alineamiento por presión.

En el radar, pero con margen de maniobra

En este escenario, la idea de “mantener un perfil bajo mientras pasa la tormenta” es más un deseo que una estrategia. Para la agenda estadounidense actual Colombia no es un actor periférico; por razones estructurales estamos entre los países de la región que más inevitablemente aparecen en el tablero de Washington. Esa centralidad no es cómoda, pero es real, y obliga a pensar la relación bilateral como un vínculo denso, de largo plazo, atravesado por fricciones recurrentes.

El primer nudo es el de la seguridad. Colombia sigue cargando un papel infortunado en la economía política del narcotráfico, y aunque el fentanilo no se produzca ni se comercie desde aquí, la sensibilidad doméstica estadounidense frente a cualquier eslabón de las cadenas ilícitas arrastra a la región a un lenguaje de urgencia y castigo. A eso se suma la migración, que ya no opera como un “tema humanitario” aislado sino como un campo de decisión política dura que involucra deportaciones, visados, remesas, rutas como el tapón del Darién y el sostenimiento financiero de programas de asistencia para la población migrante venezolana en Colombia.

Las sonrisas, los elogios y la escena de cordialidad al cierre del encuentro no son solo anecdóticos, sino que además funcionan como una señal de desescalamiento. Por ahora sugieren que la percepción de mutua incompatibilidad se ha matizado y que el conflicto puede volver al terreno del trámite institucional.

El segundo nudo es abiertamente geopolítico: nuestra intrincada relación con Venezuela y el hecho de que Estados Unidos haya vuelto a intervenir de manera más directa en el país vecino. Lo que ocurra con el régimen chavista en los próximos meses no solo reconfigurará el pulso regional, sino que también tendrá consecuencias inmediatas para Colombia en asuntos como la seguridad fronteriza, la dinámica del conflicto armado, los flujos ilícitos y la posibilidad, si el escenario se deteriora, de una nueva ola migratoria.

El tercer nudo es económico y energético. Como país exportador de petróleo y carbón, con un peso importante del mercado estadounidense, las decisiones de Washington sobre mercados energéticos inciden en la estabilidad macroeconómica y en el margen fiscal y político del gobierno. Y, sobre esa interdependencia, se superpone un desacuerdo de fondo acerca del cambio climático y la transición energética.

El encuentro Petro-Trump reduce la tensión política, pero la relación entre Colombia y Estados Unidos continúa atravesada por intereses estratégicos y fricciones estructurales. Foto: The White HouseEl encuentro Petro-Trump reduce la tensión política, pero la relación entre Colombia y Estados Unidos continúa atravesada por intereses estratégicos y fricciones estructurales. Foto: The White House

Todo esto coloca al país en el radar de la Casa Blanca y aumenta el riesgo de distanciamiento y conflictividad en el manejo de la relación bilateral. En un panorama internacional capitaneado por una superpotencia impredecible, el terreno es azaroso; como en un campo minado, hay que tantear, calcular el paso, identificar detonantes y reconocer qué rutas permiten avanzar sin activar una escalada.

Pero esa prudencia no se debe confundir con pasividad. Este campo no se atraviesa con precipitación ni con bravatas; resulta ilusorio creer que, en un terreno tan desigual, la provocación y la hostilidad disuaden al contendiente. Aun así, la asimetría no equivale a resignación ni subordinación. Hay una diferencia crucial entre aceptar la interdependencia (y trabajar sobre ella) y reducir la política exterior a una defensa abstracta de soberanía en términos absolutos. De hecho, precisamente porque existe interdependencia, también existen intereses comunes: coordinar respuestas a los flujos migratorios, combatir la criminalidad transnacional, preservar condiciones de estabilidad democrática y sostener un comercio que produce beneficios mutuos.

En ese sentido, el encuentro entre Petro y Trump importa menos por el gesto cordial en sí mismo que por lo que sugiere como método; incluso en una coyuntura turbulenta, la diplomacia, la negociación y el manejo institucional siguen siendo herramientas disponibles para navegar en un escenario adverso. Entonces, la tarea no es ocultarse para evitar golpes, sino actuar con agencia: escoger los frentes, calibrar los mensajes, cuidar los canales y construir márgenes de maniobra en un campo en donde las minas existen y en donde, por eso mismo, cada paso cuenta.

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